ESCÓ, EL PUEBLO QUE SE RESISTE A DESAPARECER

En nuestro viaje al Pirineo aragonés y catalán quisimos hacer una parada en el navarro MONASTERIO DE LEYRE, una de esas visitas que, viaje tras viaje, se nos había quedado pendiente. Después de recorrer sus estancias y dejarnos envolver por la historia y el silencio de aquel lugar, retomamos la carretera. Nuestro destino era JACA, donde habíamos establecido nuestra base para conocer durante aquellos días algunos de los rincones más hermosos de la zona. Y durante aquel trayecto, entre curvas y montañas, algo llamó nuestra atención: un pequeño pueblo situado en la falda de un cerro al que sus habitantes llamaban El Calvario.

Escó es hoy apenas una sombra de lo que fue, un pueblo vivo de agricultores y ganaderos, con alrededor de sesenta viviendas agrupadas en dos barrios —Alto y Bajo— y tres calles que recorrían la ladera: Alta, Media y Baja. Sus casas de piedra, muchas de ellas convertidas ahora en ruinas, se encaraman por la ladera del Calvario mientras el silencio ocupa las calles que un día estuvieron llenas de vida.

Pero cuesta imaginar que aquí hubo un pueblo próspero, donde sus fértiles tierras, situadas junto al río Aragón, proporcionaban sustento a sus vecinos y daban sentido a una vida sencilla, ligada a la tierra y a las estaciones. Pero todo cambió con la construcción del EMBALSE DE YESA. La transformación del valle y la pérdida de buena parte de las tierras de cultivo provocaron el progresivo abandono de Escó. No hubo una gran catástrofe visible. No fue una ciudad arrasada de repente ni una aldea sepultada en una sola noche. Fue algo quizá más triste: puertas que dejaron de abrirse, hogares que quedaron vacíos, campos que dejaron de cultivarse y calles por las que poco a poco dejaron de escucharse voces. Entre sus ruinas todavía destaca la IGLESIA DE SAN MIGUEL ARCÁNGEL, de origen románico. Allí arriba, sobre la ladera, parece contemplar impasible el paisaje, como si se hubiera convertido en la última guardiana de un pueblo que se niega a desaparecer.

Y quizá lo más sobrecogedor sea mirar hacia el embalse. Porque aquellas aguas tranquilas esconden también parte de la historia de este lugar. Bajo ellas quedaron tierras que durante siglos fueron trabajadas por sus habitantes, mientras Escó quedó condenado a contemplarlas desde lo alto.

Nosotros apenas estuvimos un rato. Cinco fotografías del pueblo y una del embalse bastaron para llevarnos algo mucho más importante que una colección de imágenes: la sensación de haber descubierto, casi por casualidad, un pequeño rincón de nuestra triste historia rural.

Con el tiempo he visitado bastantes pueblos o lugares anegados y despoblados (SANTA MARTA; EL ANTIGUO PORTOMARÍN; SANTO ESTEVO DE CHOUZÁN o; el CAMPAMENTO ROMANO DE AQUIS QUEVQUENNIS en Galicia. GRANADILLA en Extremadura. SAN PEDRO DE LA NAVE en Castilla y León; y otros que todavía no tenemos publicados). Algunos impresionan por sus ruinas, su belleza o por las historias que esconden y como Escó, no desaparecieron completamente. Mientras quede alguien dispuesto a detenerse, caminar entre sus piedras y preguntarse quién vivió en ellos ¡Seguirán teniendo algo que decir!

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