Después de haber quedado fascinados por los impresionantes MALLOS DE RIGLOS (enlace a nuestra publicación), quisimos acercarnos también a otro de esos paisajes que parecen empeñados en demostrar que la naturaleza, cuando se lo propone, puede convertirse en la más extravagante de las escultoras: los MALLOS DE AGÜERO, que aunque no son tan famosos como sus vecinos de Riglos, quizá ahí resida también parte de su encanto. Porque, mientras algunos lugares presumen de fama, otros prefieren esperar tranquilamente a que uno llegue hasta ellos para dejarlo con la boca abierta.
Los Mallos forman
parte de ese espectacular universo de gigantes de roca que se levantan en esta
zona del Prepirineo aragonés, protegidos bajo la figura del MONUMENTO NATURAL DE LOS MALLOS DE RIGLOS, AGÜERO Y PEÑA RUEBA. Son
enormes formaciones modeladas durante millones de años por el agua, el viento y
el paso del tiempo, hasta convertirse en esas sorprendentes paredes y torres de
conglomerado que parecen haber surgido de la tierra por puro capricho.
Ya en la mencionada publicación sobre los
Mallos de Riglos hablábamos de este espectacular paisaje de roca y de cómo,
junto a ellos, aparecen otros conjuntos menos conocidos, como estos de Agüero,
Murillo de Gállego o Vadiello. Pero una cosa es mencionarlos desde la distancia
y otra muy distinta encontrarse frente a ellos, aunque sea cuando el día
comienza a despedirse. Y eso fue precisamente lo que nos ocurrió.
Entre todos los gigantes de piedra que rodean
Agüero destaca especialmente la Peña
Sola, una impresionante mole que se levanta separada del resto desde su
misma base, como una gigantesca centinela de piedra. En su cima se conservan
las ruinas del llamado Castillo
de los Mallos, cuya construcción se atribuye a Sancho III
el Mayor en el siglo XI. La roca guarda, además, una historia bastante más
inquietante. El libro de difuntos de la iglesia de Agüero recoge la muerte, a
comienzos del siglo XVII, de un hombre que se arrojó desde las altas breñas del
castillo, donde se encontraba preso.
Cuando llegamos a las puertas de Agüero, de
camino a la sorprendente iglesia de Santiago, la tarde empezaba a rendirse
lentamente. No entramos a recorrer la localidad, sino que la contemplamos desde
la distancia, recostada a los pies de sus gigantes de piedra, mientras el cielo
iba apagando poco a poco la luz del día.
Primero pudimos fotografiarla todavía envuelta en esa penumbra azulada que anuncia la llegada de la noche. Después, casi sin darnos cuenta, el paisaje comenzó a transformarse. Las luces de las casas fueron encendiéndose una tras otra y algunos de sus monumentos comenzaron también a iluminarse, como si el pueblo se resistiera a desaparecer entre las sombras. Y allí estaba Agüero, cada vez más oscuro y, al mismo tiempo, más luminoso.
Sobre el caserío, los Mallos iban perdiendo
sus colores y detalles hasta convertirse en enormes siluetas recortadas contra
el cielo. La noche abrazaba al pueblo y los Mallos se convertían en gigantes de
sombra, mientras las luces de Agüero comenzaban a escribir, una a una, su
propia historia bajo las estrellas. Fue una parada breve, de esas que casi
nacen por casualidad, pero que terminan regalándote unas fotografías y unos
recuerdos completamente distintos de los que habías imaginado.
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