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PALACIO EPISCOPAL Y MUSEO DE ARTE SACRO, TERUEL

Situado junto a la CATEDRAL, en la plaza del Venerable Francés de Aranda, este edificio comenzó a levantarse a finales del siglo XVI y, desde entonces, ha sido testigo de siglos de historia de la ciudad. Hoy, entre sus muros, se encuentra el Museo de Arte Sacro de Teruel, donde las piezas de la Diócesis de Teruel y Albarracín conviven con los antiguos espacios del palacio, creando una visita en la que resulta difícil separar arquitectura, arte y memoria.

Y quizá sea precisamente eso lo que más nos gustó: aquí no se viene únicamente a ver un museo. Se viene a recorrer una antigua residencia episcopal, a descubrir sus estancias y a imaginar, por unos instantes, cómo debió ser la vida entre estas paredes.

Nada más entrar, el palacio nos recibe alrededor de uno de sus grandes protagonistas: el patio central. Originalmente abierto al cielo, hoy aparece protegido por una hermosa bóveda acristalada que deja pasar la luz y convierte este espacio en un lugar luminoso y sereno. Desde aquí se distribuyen buena parte de las dependencias del edificio, como si el patio fuera el corazón alrededor del cual sigue latiendo el antiguo palacio.

El Palacio Episcopal conserva esa solemne escalera monumental que comunica con la planta noble y que forma parte de la propia historia arquitectónica del edificio.

Es aquí, observándola donde nuestra visita comienza a demostrar algo que para nosotros resulta especialmente importante: la historia y el patrimonio también pueden ser accesibles. Viajando en silla de ruedas, muchas veces uno llega a determinados monumentos con la incertidumbre de no saber qué encontrará al otro lado de la puerta. Escaleras, desniveles, espacios estrechos o itinerarios imposibles pueden convertir una visita cultural en una auténtica carrera de obstáculos. Aquí, afortunadamente, la experiencia fue muy diferente. El recorrido accesible permite disfrutar de las zonas visitables del museo y de las diferentes estancias sin tener que renunciar a la experiencia.

Comenzamos la visita a la colección de Arte Sacro aquí expuesta, que reúne pintura, escultura, orfebrería y otras manifestaciones artísticas vinculadas a la Diócesis. Entre sus fondos destacan obras medievales y piezas de distintas épocas que permiten seguir la evolución del arte religioso a través de los siglos.


Así, aparecen ante nosotros imágenes que llevan siglos observando el mundo. Destacan la tabla de la Virgen del Patrocinio, fechada a mediados del siglo XV, y un interesante conjunto de tallas de gran valor artístico, que recorren varios siglos de historia, desde el XII hasta el XVII.

Y junto a ellas, hay una pieza que especialmente nos llama la atención, es el Cristo Árbol de la Vida, un magnífico trabajo en marfil del siglo XVII y considerado una de las obras más importantes de la colección.

Recorremos estancias como el antiguo SALÓN DEL TRONO, situado en la planta noble, junto a la antigua capilla privada del obispo. Aunque su nombre nos hace imaginar inmediatamente ceremonias, recepciones y solemnes actos episcopales, hoy su función es bien distinta: sus muros y su elegante decoración sirven de escenario para las piezas que forman parte de la colección del Museo de Arte Sacro. Es, en definitiva, uno de esos rincones en los que resulta difícil separar la obra de arte del lugar que la acoge, porque aunque ya no recibe a obispos ni ceremonias, continúa siendo el protagonista, convertido ahora en un espacio donde el patrimonio religioso de Teruel encuentra un magnífico escenario para ser contemplado y comprendido.

Pero quizá uno de los grandes atractivos de esta visita sea que el museo no se limita a mostrarnos obras religiosas. También nos permite acercarnos a la vida cotidiana de quienes habitaron el palacio. Así, el Museo de Arte Sacro ha recreado parte de la vivienda del obispo fray León Villuendas Polo (1885-1968), que estuvo al frente de la diócesis de Teruel y Albarracín. La intención es fascinante: reconstruir distintos ambientes de su residencia para que podamos imaginar cómo transcurría el día a día de un obispo turolense en las primeras décadas del siglo XX.

Y así comenzamos a recorrer una casa que parece haberse quedado suspendida en el tiempo. El COMEDOR es probablemente uno de los espacios que mejor consigue transmitir esa sensación. Una gran mesa preparada, la vajilla de la Cartuja de Sevilla y los candelabros recrean el ambiente de aquellas comidas en las que la vida cotidiana convivía con la solemnidad propia de una residencia episcopal.

Encontramos también el DESPACHO, quizá la estancia que mejor nos permite imaginar la otra faceta de su vida: la del obispo dedicado al gobierno de su diócesis.

Después pasamos a la SALITA PRIVADA, un espacio mucho más íntimo y, quizá por ello, especialmente humano. Aquí podemos imaginar a fray León Villuendas Polo tomando tranquilamente su chocolate mientras escuchaba la radio o disfrutaba de la música de su tocadiscos. De repente, aquella figura que podríamos imaginar únicamente revestida de solemnidad se convierte en alguien mucho más cercano: un hombre con sus propias costumbres, aficiones y momentos de descanso.


También encontramos su DORMITORIO, instalado en lo que antiguamente era un almacén de libros. Una estancia sencilla que completa este pequeño retrato de la vida privada del prelado y que nos permite comprender que detrás del obispo, del personaje público y de la autoridad eclesiástica, existía también una persona que dormía, descansaba, leía y afrontaba cada jornada desde la intimidad de su propia casa.

Y junto a estas dependencias, la CAPILLA PRIVADA nos devuelve a la dimensión espiritual de esta residencia. El palacio no era solamente el lugar de trabajo y representación del obispo: era también su hogar y el espacio desde el que desarrollaba buena parte de su vida religiosa. La capilla, integrada en el recorrido del museo, forma parte de ese conjunto de espacios recuperados para devolver al visitante la imagen de un palacio episcopal en funcionamiento.

Y es entonces cuando comprendemos que visitar este palacio no consiste solamente en contemplar lo que sus muros conservan, sino también en intentar descubrir la vida que un día transcurrió detrás de ellos.

Cuando finalmente abandonamos el Museo, nos llevamos mucho más que el recuerdo de unas cuantas obras de arte. Nos llevamos, sobre todo, la sensación de haber recorrido un edificio que todavía conserva algo de la vida que un día tuvo.

TODA LA INFORMACIÓN INCLUIDA EN ESTA PUBLICACIÓN, HA SIDO RECOGIDA DE LOS SIGUIENTES ENLACES:

https://culturadearagon.es/museos/museo-de-arte-sacro-de-teruel/

https://museoartesacroteruel.com/

https://www.heraldo.es/noticias/aragon/teruel/2021/06/20/casa-obispo-cultura-teruel-aragon-museo-diocesano-1500877.html

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MUSEO PROVINCIAL, TERUEL

El Museo de Teruel se encuentra en la Casa de la Comunidad, uno de los edificios civiles más emblemáticos de la ciudad de Teruel. Este palacio fue construido en 1592, bajo la dirección de los maestros Juan de Rigol y Pedro de Heredia, como sede de las instituciones políticas y jurídicas de la Comunidad formada por la ciudad de Teruel y sus aldeas.

En el interior destaca la escalera, coronada con una cúpula de yesería, y como uno de los espacios más significativos el despacho del Juez, máxima autoridad de la ciudad y su territorio. Además de las funciones administrativas, el edificio ofrecía alojamiento a los diputados representantes de las aldeas, que disponían de alcobas en diferentes plantas; en el sótano se instalaron las cuadras para guardar las caballerías.

En el año 1972 la Diputación Provincial adquirió el inmueble, que fue declarado Monumento Histórico Artístico de carácter nacional en 1974. Entre los años 1977 y 1985 se procedió a su restauración y acondicionamiento para acoger las distintas salas del museo, recuperando la estructura original y resaltando los elementos ornamentales que se conservaban.

El Museo de Teruel ofrece la posibilidad de efectuar un itinerario por más de 300.000 años de historia del territorio turolense, desde los primeros pobladores hasta la actualidad. Estructurándose en dos grandes áreas temáticas, una destinada a establecer las características generales del poblamiento indumentaria, la alimentación, o la explotación de los recursos económicos), con especial incidencia en los siglos XIX y XX, y otra que analiza cronológicamente las culturas que se han sucedido en la provincia, desde la Prehistoria hasta la Edad Media.

Así, las antiguas caballerizas albergan secciones que plasman distintas facetas de la vida tradicional turolense. En la vivienda se exponen elementos que, a lo largo de la historia, han cumplido las funciones de protección, iluminación, calefacción, amueblamiento y decoración del hogar, junto a una casa de muñecas burguesa y la escenificación de una cocina rural.

Los juguetes contribuyen a la definición del rol social y de las funciones propias de cada género y los útiles domésticos nos acercan a las costumbres en la cocina y la alimentación.

La indumentaria refleja el estatus social de cada individuo y su afinidad con otros grupos. En la imagen individual es importante también la higiene personal, cuidada desde la Edad Antigua como se aprecia en los útiles de depilación, rasurado de barba, arreglo del cabello o los cosméticos.

Las herramientas usadas para llevar a cabo las actividades productivas, revelan una estructura económica que parte de la explotación de los recursos del bosque, la producción agropecuaria, la ganadería y las actividades comerciales y de transporte. Además de estos trabajos, pueden verse ejemplos de artesanía textil y de forja, actividad que tuvo un intenso desarrollo en este territorio.



En la planta 0, se nos muestra que la religiosidad, como reflejo de la relación del grupo humano con la divinidad, está presente en todas las culturas que ocuparon el territorio turolense, representada en numerosos objetos como las lápidas y estelas empleadas en rituales funerarios, los amuletos de protección o pequeños elementos de culto que pueden contemplarse en las distintas secciones del Museo.

Estela


Lápida funeraria

En el primer piso se reúne una muestra importante de alfarería popular, cuya fabricación fue establecida por el rey Alfonso II de Aragón en el año 1171 y que fue regulada por los Fueros de Teruel en 1177. Hay cántaros hechos a mano y otro con la ayuda del torno, todos empleados para contener líquidos. En otras salas se encuentran unas piezas, con barniz plúmbeo, que se empleaban para cocer los alimentos, un taller reproducido de alfarero se puede observar en la sala III. Se muestra una colección de cerámica de Teruel decorada en verde y manganeso de los siglos XIII al XV, que a partir de este último siglo ya adquirió el color azul cobalto y más tarde otros como el amarillo o el verde claro.

En el espacio que ocupó la máxima magistratura de la ciudad, el Juez de Teruel, se ha instalado una farmacia del siglo XIX con sus albarelos, procedente de Alcalá de la Selva y completada con materiales de otras farmacias tradicionales turolenses.


La planta 2 está destinada a la Prehistoria, y allí se nos muestra como a través del estudio de los yacimientos prehistóricos puede conocerse la evolución de las poblaciones, el desarrollo de las técnicas de talla, las relaciones con otros territorios y las influencias que reciben.

La sección del Museo de la planta 3, engloba manifestaciones de las culturas ibérica y celtibérica durante la Segunda Edad del Hierro hasta la plena romanización. Y a la presencia de Roma en el ámbito turolense.

Estela funeraria


Milario


En la planta 4 Destaca la considerada «joya»​ de la colección, los mosaicos (s. IV después de Cristo, época tardía del Imperio romano) pertenecientes al yacimiento de la Villa romana de Camino de Albalate (Calanda), hallados en 1964 por Antonio Bielsa, tratándose de uno de los más significativos mosaicos de la provincia de Teruel, y que constituye acaso el principal exponente de la cultura romana en la referida provincia.

La residencia albergaba este pavimento, con un estilo recargado y gran profusión ornamental. Una serie de bandas rodean al campo central, dando unidad al mosaico mediante orlas que intercalan multitud de elementos de relleno como rombos, círculos, elipses, cráteras, etc. Destacan las pequeñas figuras de delfines afrontados, un tema constante desde época helenística que proliferó especialmente en mosaicos tardíos de villas de la Meseta.


Los motivos de mayor interés son seis representaciones de animales, agrupadas en dos hileras de tres cuadrados, en los cuales se disponen un jabalí, un guepardo, una leona, un león, un caballo y un mulo. Estos tres últimos también aparecen en un mosaico de la villa Fortunatus de Fraga (Huesca), siguiendo un modelo idéntico. Los campos geométricos, así como el tratamiento que reciben el color y el volumen, aproximan claramente estas dos obras.

Parte de esta última planta del Museo se dedica a dos contextos culturales distintos, mostrados a través de algunas de sus principales manifestaciones materiales. Este recorrido comienza con valiosos ejemplos de cerámica andalusí y epigrafía árabe, seguidos de los objetos de lujo que demuestran la opulencia taifal vivida en al-Ándalus. En segundo lugar, encontramos una serie de piezas que nos aproximan a las instituciones, los signos de identidad y la vida doméstica del Teruel feudal de la Baja Edad Media.


Por último, en esta misma planta, podremos asomarnos a la logia de columnas dóricas y arcos de medio punto (no accesible a personas en silla de ruedas), que nos regalará una privilegiadas vistas del Cimborrio de la CATEDRAL DE SANTA MARÍA DE MEDIAVILLA (enlace a nuestra publicación), uno de los tres que se conservan de estilo mudéjar en Aragón, junto a los de La Seo de Zaragoza y la Catedral de Tarazona y declarado Patrimonio de la Humanidad desde 1986. Pero también de buena parte de la hermosa ciudad.

TODA LA INFORMACIÓN INCLUIDA EN ESTA PUBLICACIÓN, HA SIDO RECOGIDA DE LOS SIGUIENTES ENLACES:

https://www.museodeteruel.es/

https://es.wikipedia.org/wiki/Museo_de_Teruel

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